Demasiado pronto, mama
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Demasiado pronto, mama

Cuántas cosas te has perdido, mama. Todo ha cambiado mucho desde que te fuiste. Sin ir más lejos, llevamos un mes y medio encerrados en casa. ¡Créeme, lo digo en serio! Es por un virus que está haciendo estragos en todo el mundo. Y más que van a cambiar las cosas…

Si abrieras los ojos por un momento descubrirías que el tiempo me ha regalado una vida pero también me ha arrebatado dos. Dos meses después de tu marcha murió tu padre.

A menudo pienso que tan maquiavélico plan no puede estar auspiciado por un ser al que llaman Dios. Es imposible que él permitiera que mi abuelo, enfermo terminal, tuviera que recibir la noticia de tu fallecimiento sin haberte podido cuidar, sin despedirse de ti, sin velar por ti.

¿Sabes? Al menos no tuviste que ver cómo lloró. Tampoco cómo agonizaba aquella calurosa tarde de junio. Jamás la olvidaré. Entré en la habitación y sólo resistí un par de minutos. Es lo que tardé en descubrir lo que esa maldita enfermedad había hecho con mi abuelo después de haber hecho lo mismo contigo.

Salí con el alma derrotada, sumido en un mar de lágrimas, las suyas y las tuyas. Os fuisteis demasiado cerca. Y demasiado pronto.

Una familia unida

La otra pérdida sucedió no hace tanto, justo antes de las navidades de 2018. El corazón de tu madre, Carmen como tú, se apagó para siempre, pero lo cierto es que mi abuela se había marchado mucho antes.

Lo recuerdas, ¿verdad? Tú fuiste testigo de la primera fase de ese cruel mal que va minando la memoria de una persona hasta dejar su mente como un papel en blanco. Toda una vida enterrada en el olvido.

La lenta decadencia deja algún resquicio a veces y da una tregua para que la clarividencia tome el poder. Recuerdo con amargura uno de esos momentos de lucidez. Fue durante la misa en la que todos aquellos que te queríamos te dimos el último adiós.

Recuerdo llorar roto de dolor junto a tus hermanas, mis segundas madres, derrumbadas por tu pérdida. La abuela entró en la iglesia impertérrita, sin expresión cierta en su rostro, ajena a la vileza y a la premura con que el cáncer había corroído tu alma bondadosa. Tan sólo su cuerpo estaba presente en el templo.

Pero durante la ceremonia algo debió sacudir su razón. O más bien su corazón. De repente noté que apretaba mi mano. La miré y estaba llorando por ti, mama. La demencia había sucumbido al terrible escenario y las lágrimas brotaron de sus ojos para acariciar tu mejilla y susurrarte: «Adiós, hija mía».

Tranquila, estás en el corazón de Álex

No hay Dios, mama. Me darás la razón cuando te cuente esto: soy papá. Quién nos lo iba a decir, ¿verdad? Sobre todo los tres años anteriores a tu muerte. Pues sí, tu nieto Álex ya tiene doce años. Lamento cada día que no puedas disfrutar de él como lo hago yo.

Pero no, no te preocupes, porque sabe perfectamente quién es su abuela Carmen. La que se fue al cielo, la mamá de papá. Me he encargado de explicárselo. Lo que es terriblemente difícil es explicarle por qué ya no estás, por qué no ha podido conocerte.

De pequeño

No imaginas cómo se parecía a mi con dos añitos. ¿Te acuerdas de esas fotos en las que salíamos tú, tan guapa y siempre sonriente, y yo, con mi melena rubia y esos morretes? Veo esas imágenes y veo a mi hijo.

Álex es lo que más quiero en esta vida. Daría lo que fuera por que le contaras un cuento, por que le acompañaras al colegio, por que le ayudaras con los deberes. Como tú hacías conmigo. No pido tanto, ¿verdad?

Cumpleaños feliz

Tal día como hoy, hace 16 años, se apagó tu corazón. Muchas noches aún sueño que estás aquí. Te veo como siempre, dulce y entregada con los tuyos, preocupada por nuestro futuro, luchadora, tolerante, comprensiva aún cuando era difícil serlo, comprometida con la educación de tus hijos, enamorada de tu marido, guía de una familia que ambos creasteis y todo, todo corazón.

Hace mucho tiempo que acepté con resignación la propuesta de vivir sin ti. Activé la resiliencia pero el camino ha sido duro, muy duro. Te echo muchísimo de menos. Allá donde estés sé que seguirás marcándome el camino, como siempre hacías. «Que duermas con los angelitos». Tu también, mama.

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