Mar furioso
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El último tren… que nunca cogí

Escucho la taciturna letra de Last Train, de Travis, la banda escocesa que venero, la que más melodías le ha regalado a mis oídos. El apocalíptico tema es la banda sonora perfecta para el aterrador fragmento de noir que leo. El último tren…

Imbuido de su hiperrealista descripción de un mar embravecido, me teletransporto como 18 años atrás. Etapa tenebrosa, oscura, amarga, llena de incertidumbre, de tinieblas, con siniestras ideas rondando en mi cabeza.

Recuerdo con nitidez una de aquellas noches en las que detenía mi coche junto al mar, en la playa de El Puig. En la radio, Last Train. Bajé del coche llorando y enfilé el espigón aplastado por la oscuridad. Siempre el mismo sendero de autocastigo, siempre el mismo doloroso camino entre rocas que me acribillaban.

Luz de luna

Como tantas veces en aquellos tiempos, empecé a caminar sobre ellas. Había nubes esa noche y la luna apenas me ofrecía su luz. Casi a tientas, avancé torpemente con la vastedad del mar como único horizonte, como única adrenalina vital capaz de mecer mis penas.

Emociones contrapuestas en una violenta colisión íntima: euforia frente a pánico, autocompasión frente a terror. Por supuesto, me moría de miedo. Mientras percutía a través de la escarpada senda, las olas, enfurecidas, golpeaban bruscamente las rocas y el agua salpicaba mi cara, gotas que se fundían con mis lágrimas. Pero no, no me amedrentaban.

La necesidad de alcanzar el borde, de sentir que ante mí sólo yacía el inmenso mar, era desmesuradamente más fuerte. Y allí estaba, otra vez, con las ideas desordenadas, descubriendo la vileza del amor, o del desamor, cayendo en sus trampas cegado por mi inocencia.

Mar furioso

Miré al frente, como siempre, tembloroso pero envalentonado. Veía la espuma de las olas surcando un manto negro. Chocaban bajo mis pies, amenazantes, pero eso no me atormentaba. Al contrario, era como si esa energía saltara sobre mí y me transmitiera el valor para afrontar mis conflictos y superar mis miedos. Era mi catarsis personal, solos el mar y yo.

Creo que apenas tres o cuatro personas hasta hoy sabían de mis andaduras nocturnas por aquel espigón. Bueno, y un perro. Volví a subirme al coche para dejarme llevar de nuevo por las estremecedoras letras de mi admirado Fran Healy y llegué a casa. En mi cama esperaba Kay.

Kay, mi perro fiel
Mi chico, mi compañero, mi amigo.

Él sabía perfectamente lo que me pasaba. Me chupó la mano y me derrumbé abrazándolo. Como siempre, cuando me tapaba, se recostaba junto a mí para darme consuelo y no se movía en toda la noche.

Él estuvo junto a mí desde los 19 años hasta que me marché de casa. Ahora ya no está y jamás volveré a percibir en su inocente mirada su amor y esa reconfortante sensación de alivio y paz, como si nada malo me pudiera pasar. Pero siempre estará en mi recuerdo.

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