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Escenarios de novela: la reina Florencia ya tiene sucesora

Es bien sabido, como rezan las múltiples estampas fotográficas que he dejado caer por Instagram y Facebook, que Florencia, además de ser hermosa, fue el germen de Los hilos de la traición.

Es curioso como el encanto de una ciudad puede ser tan poderoso como para incitar a escribir un misterioso pasaje. Sin personajes preconcebidos ni mucho menos una historia hilada en la mente. Solo las calles de Florencia.

Ese es el enorme poder del ambiente. Visualizar y conocer el escenario, desde lo más conocido hasta recónditos rincones por los que perderse, es también una posibilidad para sentar las bases de una novela. Este fue mi caso.

Esto enlaza con lo que para mi es una esencia vital: viajar. Y que conste que hoy en día la tecnología nos pone las cosas muy muy fáciles. Os pondré un ejemplo concreto que además habéis leído ya en el adelanto del primer capítulo.

Galería Uffizi
La Galería Uffizi, tal y como la recordaba

La web de la Galería Uffizi ofrece la opción de una visita virtual al museo. Reconozco que, para una mayor exactitud del avance de Álex hacia la sala Botticelli, hice uso de esta herramienta. Pero desde un punto de vista de ubicación, de situación. La descripción tiene una parte más física, que es la que mencionaba. Ese busto está a la derecha, la sala Botticelli está a mitad del corredor, en el segundo piso. Hablamos de la localización.

Sin embargo, el 80% del angustioso avance del periodista, desde que accede por la puerta de salida hasta que se encuentra con el cadáver de Marco, lo escribí desde mis recuerdos, mis sensaciones, diría que hasta desde el olor que percibí las dos veces que he visitado la bellísima galería.

Y es que viajar es cultura, es vivencia y aporta un conocimiento del lugar que no puede ofrecerte el más sofisticado sistema virtual. Ni por asomo, vamos. Porque la otra parte de la descripción tiene que ver con los sentidos, es empírica. Y eso no te lo da el Google Maps.

El David.
Estos ojitos hay que verlos en directo. Los ojos he dicho…

Me considero un escritor de brújula porque voy dirigiendo a mis personajes sin un guión previo. Escribo y me dejo llevar. Sin embargo, para mi es muy importante conocer el escenario por el que muevo a mis protagonistas.

Esta semana habéis descubierto que Los hilos de la traición también viaja a París, una ciudad que conozco muy bien porque la he visitado varias veces. Y a Valencia, mi ciudad de acogida desde hace tantos años que la llevo tatuada en el corazón. Pero ¿creéis que la historia de mi primera novela no sale de Europa? Aún os queda mucho por descubrir. Unos turbios negocios de importación se gestan lejos, entre los vestigios de una cultura ancestral.

Y tengo novedades…

Hasta aquí puedo leer. Aunque me voy a dar el lujo de confesaros un par de cosas más. Pero no de Los hilos de la traición… El primer secreto que desvelo estaba claro. Ya estoy inmerso en una nueva novela y la trama fluye… Diría que estoy inspiradísimo. La segunda confesión nos lleva a mi reflexión inicial: un viaje inolvidable que despierta mi creatividad. La aventura real la viví hace ahora exactamente un año. ¿La ciudad?

Probablemente hablamos del lugar perfecto, del ambiente idóneo para trazar un nuevo crimen. Hace poco se lo decía a @AlexMorenoSchez en su tweet a propósito de las preferencias en torno al género negro. Para mi la ciudad que huele a novela negra es… Nueva York.

Nueva York
Huelo crimen, sangre que gotea de una escalera de incendios

No puedo expresar con palabras las emociones que desata la Gran Manzana. Es que me faltarían adjetivos capaces de definir su esplendor. El halo que rodea a la ciudad es tan mágico que, sin darte cuenta, cuando te despides de ella mueres por volver.

Podría rellenar diez posts con mis vivencias en Nueva York pero lo dejaré en dos. Una de las experiencias más fascinantes fue bajar a correr cada mañana temprano por Central Park. Es pura adrenalina despertar y recorrer los 10 kilómetros del circuito completo en un entorno único. Y sí, bajo sus puentecitos mis ojos imaginaban el cadáver de un mendigo quemado con el que jugueteaban las ardillas. Veis cómo inspira un lugar…

La otra experiencia, una de las más bonitas de mi vida, fue compartir una misa góspel con la acogedora comunidad de una pequeña iglesia cerca de Harlem, en el Upper West Side. Me dieron besos, abrazos. Me sentí tan integrado, tan parte de ellos que seguramente un pedazo de mi corazón se ha quedado en Manhattan. Y por eso, en mi segunda novela, lo voy a recuperar…

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