Los hilos de la traición

CAPÍTULO 1

Cuando Álex recibió la llamada, estaba en la piazza della Santissima Annunziata. Aquella tarde se celebraba en el Museo Arqueológico la inauguración de una exposición sobre la escritura jeroglífica en los sarcófagos. El joven reportero estaba en la redacción recogiendo las cosas cuando su jefe salió del despacho y se dirigió hacia su mesa relajadamente. Llevaba un sobre en la mano.

—Álex, olvidé decírtelo. El Arqueológico nos envió este folleto el viernes. En una hora hay una recepción en la Crocetta. Si te gustan los jeroglíficos…

Álex ya conocía a Antonio lo suficiente como para saber cuándo le estaba sugiriendo un plan de ocio o bien asignando un tema para el periódico. Sin duda, aquella inauguración formaba parte de la primera opción. Sin embargo, lo cierto es que no se le ocurría ninguna razón para rechazar la propuesta. Podría resultar hasta interesante. “Egipto y sus misterios siempre me han fascinado”, pensó.

Eran casi las ocho. La gélida noche había envuelto la vieja ciudad con un manto de estrellas que acariciaban las eternas cúpulas, que parecían flotar pendidas de ellas. No había ni un alma en la calle cuando las puertas del Palazzo della Crocetta se abrieron. Un ligero murmullo emanaba del interior. “Excelente trabajo, señores”. “Es increíble el estado de conservación de los sarcófagos”. “Cuente con nuestra aportación. Estamos realmente sorprendidos”. Los asistentes opinaban sobre la muestra mientras abandonaban el museo. Lo hacían con parsimonia, resistiéndose a cruzar el umbral que les devolvía al mundo real. Entre los invitados, Álex había distinguido al alcalde de Florencia, al director del museo, Luigi Di Matei, y a uno de los egiptólogos, Genaro Perotti. Precisamente fue el responsable de la muestra quien, tras percatarse de la presencia del periodista, se dirigió hacia él y le inquirió con un tono abiertamente paternal.

—¿Qué le ha parecido la exposición, señor Folquera?

—Muy interesante —respondió Álex disimulando su indiferencia—. Sorprende que…

—Sé que lleva usted poco tiempo en Florencia —espetó el egiptólogo interrumpiendo a Álex—. He leído alguno de sus artículos en Il Firenze y me da la sensación de que conoce bien la cultura italiana… para ser un recién llegado.

—Trato de adaptarme lo antes posible —contestó Álex bruscamente. El egiptólogo aparcó la cordialidad antes de continuar.

—Entiendo, señor Folquera. No debe ser fácil. Ya sabe, estamos en la cuna del Renacimiento, la capital mundial del arte. —Perotti alzaba sus brazos, con las palmas de las manos hacia arriba, como buscando una aprobación divina—. Sólo espero que su trabajo no le venga grande en unos meses. No olvide que esta ciudad vive de su historia.

Álex no sabía qué decir. Las palabras del arqueólogo le habían dejado fuera de juego. Por suerte, Perotti volvió a abrir su enorme bocaza.

—No le molesto más, Álex. —Pronunció el nombre con exagerada lentitud, como si quisiera resaltar que no era italiano—. Seguro que tiene mucho trabajo. Un placer… y ya nos veremos.

Genaro Perotti se dirigió hacia la salida no sin antes despedirse de Di Matei. A Álex le dio la sensación de que ambos compartían algo más que su pasión por la historia del arte. La manera de estrecharse las manos, la complicidad de sus miradas. Charlaron unos minutos, hasta que Perotti advirtió que Álex seguía allí. Sin apartar la vista, el egiptólogo dijo algo que debió divertir al director, que soltó una fuerte carcajada. Después de abrazarse, el egiptólogo descolgó del perchero el abrigo de su jefe y lo sostuvo gentilmente para que éste sólo tuviera que meter los brazos en las mangas. Perotti abrió la puerta y ambos salieron a la calle.

“¿Por qué no me habré ido a casa?”, se lamentó Álex. “El tal Perotti es más imbécil de lo que pensaba”. El reportero había leído, y no precisamente piropos, sobre él en el blog de su colega Marco. Además, ya había visto al arqueólogo en una ocasión. Fue en el periódico. Iban a hacerle una entrevista sobre el mecenazgo privado que negociaba el Museo Egipcio. Nada más llegar a la redacción empezó a despotricar sobre un artículo que había publicado el Corriere Della Sera recientemente.

—Periodistas de pacotilla. Siempre dándole la vuelta a todo —proclamó malhumorado ante las miradas de incredulidad de los redactores allí presentes. Menudo personaje.

Álex decidió no dar mayor importancia a la conversación con Perotti. Se puso la chaqueta y salió del museo en dirección a la plaza. El débil sonido del agua que emanaba de las dos fuentes de Tacca era el contrapunto de un silencio abrumador. El joven periodista se sentó en la escalinata. Ante sus ojos se alzaba el Hospital de los Inocentes. Aún se sobrecogía cada vez que contemplaba el pórtico de la inclusa más antigua de Europa, una de las joyas de Brunelleschi. Jalonando los arcos de medio punto descansaba una serie de medallones de terracota. En cada uno de ellos, un niño en pañales, abandonado, llamaba a su madre. En noches de invierno como aquella, sus llantos desesperados desgarraban el silencio, atormentando a quienes los contemplaban.

De repente, una ridícula melodía devolvió al muchacho a la realidad. Era su móvil. “Será el canalla de Marco”, pensó Álex mientras hurgaba en su mochila en busca del teléfono. Tenía ganas de contarle lo que le había pasado hacía unos minutos en el Museo Arqueológico. Entre papeles arrugados y bolígrafos logró hacerse con el aparato.

—¿A que no sabes quién es mi primer admirador declarado? Es una de tus víctimas predilectas… —dijo divertido Álex.

Al otro lado del teléfono, una respiración entrecortada anunciaba que algo no iba bien.

—¿Marco? ¿Estás ahí? ¿Qué te ocurre? —preguntó Álex preocupado.

—Álex, ven… Ven cuanto antes a… a la Galleria degli Uffizi. Sala… sala Botticelli. Es urgente. —A Marco le costaba articular las palabras.

—¿Qué pasa, Marco? ¿Marco? ¡Maldita sea, Marco! —gritó Álex exasperado.

Fue inútil. La comunicación se había cortado. Álex tardó unos segundos en asimilar lo que acababa de oír. Su amigo le necesitaba.

—Espérame, colega —entonó en voz alta, y rápidamente se puso en camino.

Marco Di Sensi era un hombre de placeres, un vividor cuya única relación estable tenía forma de billete grande.  Desprovisto del calor de su familia, había buscado su destino académico en Roma, lejos de un hogar que nunca lo fue.  Es cierto que el soporte económico de sus padres le abrió las puertas de la Universidad de La Sapienza, donde inició la carrera de periodismo para dar rienda suelta a su gusto por la crítica social. Su verbosidad era fluida y espontánea pero chocaba en exceso con su lengua tosca e irreflexiva. Así, pronto se hizo notar en la facultad con sus pasquines a menudo incendiarios donde despellejaba a todo aquel con el que no comulgaba. Lo fue para lo malo pero también para lo bueno, ya que esa ácida efervescencia crítica llamó la atención de un par de diarios de renombre, que le ofrecieron colaboraciones bien remuneradas. Su infinita vanidad hizo que no le sorprendiera lo más mínimo. “Esto va a ser pan comido”, pensaba él ingenuamente.

Ya de vuelta en Florencia a pesar de no haber terminado la carrera, su nulo apego al compromiso le llevó a mantener la misma tónica periodística. Vendía sus reportajes, sobre todo culturales, al mejor postor. Sus insulsas crónicas cambiaban de etiqueta en función de la cabecera que le pagara. Su discurso derrochaba ornamento y grandes dosis de inventiva, pero siempre al servicio de ideas impuestas. Incluso la mayoría de posts que publicaba en su blog personal eran por encargo. El hecho de ser un reportero incómodo para los círculos sociales toscanos no le importaba en absoluto. “Por fin van a entender lo que es el arte”, solía recitar con ínfulas.

Álex conoció a Marco en el Teatro Verdi. Era una lluviosa tarde de otoño. Ambos tenían una cita con el añorado Eduardo De Filippo y su famosa prostituta Filumena Marturano. La lluvia arreciaba con fuerza y Álex avanzaba a trompicones por via Verdi. La función estaba a punto de comenzar y no le gustaba llegar tarde. Necesitaba hacer acto de presencia unos minutos antes para reconocer el lugar y echar un vistazo general de los asistentes. Esa era una de sus manías. Enfundado en su chubasquero, se disponía a torcer a mano izquierda por via Ghibellina cuando algo le golpeó, lanzándole contra el suelo.

—No sabes cuánto lo siento. ¿Me permites? —le dijo el hombre con el que había chocado, tendiéndole la mano.

—Es culpa mía —respondió Álex mientras aceptaba la ayuda—. Llego tarde al teatro.

—¿Te van los melodramas? Disculpa, ni siquiera me he presentado. Me llamo Marco.

—Álex. Y no, no me van los melodramas. Me pagan por venir. Trabajo en Il Firenze.

A Di Sensi le resultó de lo más interesante aquel simpático pipiolo que parecía querer hacerse un hueco entre la pléyade de informadores de la ciudad.

—Bienvenido al club, amigo. Debes de ser nuevo por aquí. Conozco bien a los reporteros florentinos, siempre las mismas caras…

—Llegué hace un mes desde Valencia.

—¡Fantástico! Tengo ganas de volver a España. Guardo muy buenos recuerdos de mi viaje allí. Por cierto, ¿no llegabas tarde?

—Oh Dios… Es cierto. Bueno, un placer —dijo Álex mientras sacaba su acreditación.

—Igualmente, Álex. Toma, aquí está mi teléfono —dijo mientras le entregaba una tarjeta de visita—. No dudes en llamarme si necesitas ayuda. ¡Nos vemos!

Marco cerró su paraguas y entró en el Teatro Verdi con parsimonia, saludando a algunas de las personalidades que se agolpaban en la entrada. “Me gusta este ragazzo, aunque aún está muy verde”, aventuró el reportero italiano con una amplia sonrisa en su rostro.

Álex avanzaba apresuradamente por via dei Servi, guiado por el majestuoso cimborrio de la catedral. Aunque pasaba a menudo por allí, siempre le impresionaba su inmensidad. Le ocurría desde que el taxi que le trajo del aeropuerto paró en la Piazza de San Giovanni. “Benvenuto a Firenze”. Fue la primera vez que la cúpula de Brunelleschi inundó sus ojos mientras parecía advertirle de la incierta aventura que estaba a punto de comenzar.

El pitido de un coche le devolvió rápidamente a la realidad.

—¡Mira por dónde vas, deficiente! —gritó el conductor uniendo las puntas de sus dedos hacia arriba, subiendo y bajando su brazo por la ventanilla.

Álex levantó la mano pidiendo disculpas y reanudó la marcha. Tenía que darse prisa. Enseguida llegó a la piazza del Duomo y decidió circundar la catedral por la parte frontal. Cuando alcanzó el centro de la plaza, una nube de flashes le cegó por un momento. Se hallaba en el lugar más transitado de la ciudad, ya que en unos metros se concentran tres de las joyas de la arquitectura florentina: el baptisterio de San Juan, el campanario de Giotto y la fachada principal de Santa Maria del Fiore. Los turistas se agolpaban a la derecha, frente al baptisterio, para conseguir la mejor instantánea en la entrada que Miguel Ángel bautizó como la Puerta del Paraíso.

Dejando atrás el vocerío, Álex prosiguió su camino por via Calzaiuoli. Sólo habían pasado cinco minutos desde la llamada de Marco pero tenía la sensación de que llevaba media hora caminando. Los mejores momentos que había vivido con su colega le venían a la mente, uno tras otro. Se le escapaba la risa cuando recordaba a su amigo en una terraza, tomando café y soltando lindezas a las jóvenes para que se sentaran y compartieran con él su procaz hedonismo. O aquella noche, después de un partido de la Fiorentina, cuando pretendía colgar una bufanda del Milán en la estatua de Neptuno. Evocaba cada episodio con precisión hasta que la angustia le volvía a poner los pies en el suelo y le obligaba a darse prisa.

Tras dejar Orsanmichele a su derecha, Álex abordó por fin la piazza della Signoria. Al fondo, a continuación del Palazzo Vecchio, oteó el lugar de encuentro: la Galleria degli Uffizi. El joven reportero afiló su mirada en busca de cualquier indicio, cualquier pista que le llevara hasta su amigo. Atenazado por los nervios, Álex pensó en hacer una llamada antes de cruzar la plaza. No estaba seguro de lo que se iba a encontrar, así que sacó el móvil de su mochila y marcó el número de su colega. Colgó al instante. Quizá Marco había conseguido llamarle a escondidas. “Podría ponerlo en peligro”. Además, el frágil hilo de voz de su compañero había sido suficiente para darle la mejor pista: la solución del enigma estaba allí dentro, en la Sala Botticelli.

Álex recorrió los escasos noventa metros que le separaban de la galería con lentitud. La explanada desprendía una tensa calma. Las terrazas de las pizzerías estaban vacías. Los Neptuno, David, Hércules descansaban bajo la fría noche, vigilantes. A Álex le daba la sensación de que una de esas robustas esculturas iba a asaltarle súbitamente. Estaba empezando a sofocarse. Sólo quería que acabara esa angustia, así que apretó los puños, miró al frente y caminó con paso firme hasta dejar a un lado el Pórtico de la Señoría. “Ya estoy aquí, Marco”.

Ante él se elevaba el Palacio de los Oficios, un gigante manierista formado por dos alas largas y estrechas unidas entre sí al fondo, junto al río Arno. Es la sede de una de las colecciones de arte más antiguas del mundo, uno de los muchos tesoros que la familia Médicis legó al pueblo toscano. Álex echó un vistazo a ambos lados. Había luz en el corredor derecho y divisó algunas sombras. Pensó que los visitantes más rezagados apuraban su estancia en la galería. Entonces comprobó que el corredor opuesto, en el que supuestamente le requería Marco, estaba sumido en la oscuridad. “Qué extraño”, pensó. Contrariado, escudriñó ventana por ventana pero nada llamó su atención.

—Un momento —musitó. Mientras sostenía su mirada hacia los ventanales paralelos a la entrada de la sala Botticelli, en el segundo piso del ala este, se encendió una luz. Era tenue, apenas alumbraba más que una vela.

Álex sacó de su bolsillo su acreditación. Todos los redactores de Il Firenze y del resto de medios de comunicación de la ciudad tenían acceso libre a cualquier institución dependiente del MiBAC, el ministerio de cultura italiano. El joven periodista había visitado la galería varias veces y la conocía al detalle. Sabía que el acceso para visitantes estaría cerrado pero durante su acelerado trayecto había urdido un plan para poder entrar.

El reportero se dirigió raudo a la salida. Permaneció atento al vigilante que custodiaba el portón. En menos de un minuto, un compañero, ya sin su uniforme, le dio el relevo y éste se marchó hacia el vestuario.

“Ahora”.

—Perdón, necesito volver a entrar un momento. Acabo de salir y me he dado cuenta de que me he dejado la cámara en el baño —suplicó con mucho teatro el periodista, mostrando su credencial.

El vigilante lo miró como si fuera un marciano. Miró su reloj y resopló.

—Un minuto —contestó con desidia.

—Muchas gracias.

La parte más complicada había salido bien. Estaba dentro. Ahora debía subir por las escaleras hasta la segunda planta y recorrer los corredores en forma de U que articulan las entradas a las salas de exposición. Eso sí, sin llamar mucho la atención. El muchacho se cruzó con los últimos visitantes del museo. Trató de caminar con ligereza pero sin llegar a correr. Pronto se encontraba en el hall que une ambas alas, a orillas del Arno. Caminó sigilosamente hacia el corredor este y se detuvo justo al principio, apoyándose sobre el pedestal de un desnudo femenino. El silencio era sepulcral. Efectivamente, una densa oscuridad se cernía sobre el pasillo. Apenas era capaz de ver las estatuas que salpican los laterales del mismo, de no ser por aquella tímida luz que había visto encenderse desde la plaza.

Ahora sí sentía miedo. En realidad, estaba aterrado.

—¡Stupido! ¡Cosa hai fatto!

Álex oyó gritos. Procedían del ala oeste, probablemente de las escaleras por las que había subido. Sonaba a bronca. Pensó que a alguien no le parecía bien el hecho de haberle permitido volver a entrar. Debía darse prisa. Avanzó apresuradamente por el centro del corredor. La sala Botticelli es en realidad un conjunto de estancias, de la 10 a la 14, y está ubicada por la mitad del pasillo. Estaba cerca.

La completa oscuridad dio paso a un ligero fulgor que emergía tintineante de la sala Botticelli. Las sensaciones del periodista eran ciertas. Eran luces de velas. Por fin, Álex alcanzó el umbral de la estancia, custodiado por dos bustos romanos. Tragó saliva y se dispuso a entrar. Lo que vio le heló la sangre.

Cuatro velas, una en cada rincón de la sala, alumbraban frágilmente la diáfana habitación. La Alegoría de la primavera estaba sumida en tinieblas y Venus miraba a Álex lánguida, indolente en su nacimiento. Hacía mucho frío en la estancia y el fuego de los cirios gambeteaba, como si una corriente de aire gélido se colara entre las cuatro paredes. El muchacho oyó un leve crujido y miró hacia arriba. Una cristalera piramidal coronaba la parte central del techo y una de las ventanas estaba abierta. Álex advirtió una sombra. Entonces sucedió.

La pirámide vidriada estalló con estrépito provocando una enorme lluvia de cristales. Junto a los miles de pedazos de vidrio, un hombre se precipitó al vacío e impactó en el suelo con extrema violencia, a unos tres metros de Álex. El joven se había cubierto la cara con los brazos para protegerse de las afiladas esquirlas que caían sobre él. Lentamente fue apartándolos hasta ver la figura ensangrentada de un varón. Tardó unos segundos en reaccionar, estaba en estado de shock. Sin salir de su asombro se aproximó tembloroso, aturdido pero con una nimia esperanza que pronto se desvaneció. A sus pies, envuelto en un charco de sangre, yacía Marco Di Sensi. Estaba muerto.

Álex se arrodilló, abatido, junto al cadáver. Fue entonces cuando se percató de la macabra escena. Las manos y los pies de Marco estaban perforados por clavos. Cuatro cuerdas partían de ellos y se unían en una cruceta de madera, cada una atada a un extremo de ésta. Del centro del aspa salía una soga más gruesa que terminaba en el cuello del cadáver, a modo de horca. —Santo Dios —susurró Álex. Ante si descansaba una marioneta humana.

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CAPÍTULO 2

Claudia conectó el cronómetro a las ocho en punto. Como cada mañana, había bajado al antiguo cauce del Turia para correr sus cinco kilómetros diarios. Unos densos nubarrones grises amenazaban con descargar de un momento a otro, así que Claudia optó por reducir la ruta. Llevaba unos diez minutos corriendo cuando una gota aterrizó sobre su pequeña nariz. Miró al cielo y decidió dar media vuelta, pero en cuestión de segundos la lluvia caía con fuerza sobre su liso pelo rubio. Tardó tres minutos en salir del cauce, cruzar Jacinto Benavente y torcer después por la calle Burriana, donde vivía de alquiler desde el anterior verano.

Antes de subir a casa, Claudia se paró en el quiosco a comprar el periódico.

—Pero bueno, si vas hecha una sopa —dijo el quiosquero, socarrón.

Lo cierto es que estaba empapada de la cabeza a los pies pero no concebía un buen desayuno de sábado sin su café y su periódico.

—¿Nunca te he dicho lo gracioso que eres, Tomás? —ironizó Claudia mientras aquel se partía de risa—. Luego te pago esto, anda.

La joven entró en el portal y subió al ascensor. Vivía en un tercer piso, un apartamento de dos habitaciones que compartía con una compañera de trabajo. Dejó el periódico sobre la barra de la cocina y se metió en la ducha. Antes de que el reloj marcara las nueve, estaba untando la mantequilla en las tostadas. Asió su tazón de café con leche, ese que la denominaba “la chica del año”, y ojeó la portada del periódico: ‘42 muertos en un atentado suicida en Irak’. ‘La Fiscalía pide al Supremo decretar el secreto del caso Pusin’. ‘Un hombre mata a su mujer a golpes y después se suicida’. Sin inmutarse, Claudia buscó la sección de cultura, en la que su compañera Montse colaboraba. Leyó con atención la entrevista que ésta le había hecho a un arquitecto holandés. Terminó de desayunar y cuando estaba a punto de tenderse en el sofá, sonó su teléfono.

—¿Dónde te metiste anoche?

Era Olga, la mejor amiga de Claudia.

—Estaba cansada y me fui a casa.

—Ya, pero podías haber avisado, ¿no?

—Estabais bastante ocupadas…

—¿Lo dices por esos tíos? ¿Pero qué te pasa, Claudia?

Hubo un pequeño silencio hasta que ésta reaccionó.

—Verás… Tengo muchas cosas en la cabeza, Olga.

—Ya. Pues yo creo que sólo tienes una cosa.

—Olga, no empieces otra vez con…

—¿Con qué? ¿No te das cuenta de que tienes que olvidarte de él?

—No es tan fácil…

—Claudia, sabes que lo vuestro se terminó cuando se marchó. Además, se supone que ya lo habías superado, ¿no?

Esta vez el silencio fue mayor.

—¿Y no vas a salir esta noche, tía? Es el cumpleaños de Andrea.

—Esta noche tengo un compromiso.

—Ya, con él, claro.

—Mañana te llamo. Adiós.

Claudia colgó antes de que su amiga tuviera tiempo de contestar. Se asomó a la ventana y vio que seguía lloviendo. Estuvo allí de pie un buen rato, pensando. El corazón le pedía una cosa pero la cabeza le decía que no, que no debía hacerlo. Todavía tenía el móvil en la mano. Miró hacia la acera y vio cómo una pareja paseaba lentamente bajo su paraguas. Caminaban abrazados, sin prisa, parándose en cada escaparate, totalmente ajenos a las inclemencias del tiempo. Pudo leer en sus arrumacos la conexión de dos enamorados. Suspiró. Se sintió sola y eso no le gustaba. Llevaba tiempo sumida en una especie de vacío sentimental y ahora estaba en su mano salir de esa situación. Finalmente, marcó. Tras varios tonos, una voz pesarosa contestó a la llamada.

—Hola… Me alegro de que hayas vuelto —dijo Claudia disimulando un poco su desmedida satisfacción.

—Bueno… No pensaba volver tan pronto.

—¿Ha pasado algo? Aún no ha terminado el curso.

—No… no… Todo está bien.

—Verás, creo que tenemos que hablar. Este capítulo se ha quedado abierto, al menos para mí. No sé, quizá podías venir a cenar esta noche.

—No sé, Claudia. No sé si es lo…

—Hazlo por mí —le interrumpió—. Por favor.

—Está bien, iré.

El semblante de la joven se iluminó al oír estas palabras.

—No sabes cómo te lo agradezco, Álex.

Habían pasado casi dos años y medio desde que Claudia cenó por primera vez con Álex. Se conocieron en 2009, en la facultad de Ciencias de la Información, en tercero de carrera. Era el primer año que coincidían en clase pero tiempo antes se habían cruzado en ocasiones por los pasillos, o en la cafetería. Desde que Claudia vio por primera vez a Álex notaba un suave cosquilleo en el estómago cada vez que se cruzaban. No sabía nada sobre ese chico de aspecto desenfadado, con barba desastrada y despeinado, pero algo en su apariencia, o quizá todo, la atraía.

La figura de Álex llevaba meses merodeando por la mente de Claudia. Ella lo observaba. Un día, en la biblioteca, él preparaba un trabajo junto a dos compañeros y habían apilado un montón de libros sobre la mesa. Claudia estaba allí estudiando pero no había visto al joven hasta que se levantó y se dirigió a la fotocopiadora. Oculto tras aquella montaña de libros, Álex levantó la cabeza lo justo para que Claudia pudiera interceptar su mirada. “Qué vergüenza”, pensó el chico, y bajó la cabeza.

La joven estudiante nunca fue capaz de llamar su atención. Necesitaba algo más que una mirada, un gesto cómplice que alimentara su ilusión, pero ese gesto no llegaba. Poco a poco Claudia se fue olvidando de aquel chico hasta que sus caminos académicos los situaron juntos en el aula de 3ºB de Periodismo. A ella le resultó gracioso verlo sentado dos filas más atrás, con esos aires de interesante que se gastaba. Hasta le había sacado leves sonrisas, esas tan habituales en los primeros días de curso, cuando los nervios aun recorren esos cuerpos llenos de emociones. Pero lo que jamás hubiera imaginado Claudia era lo que decía la nota que un día se encontró sobre su pupitre:

Me preguntaba si compartirías conmigo esta noche la mejor mesa del Luz de Luna.

Álex, el que está detrás de ti

“No si ahora resulta que este chico no pierde el tiempo”, pensó Claudia.

Dos velas iluminaban tenuemente el salón. Sus llamas se mecían al calor de la voz sensual de Diana Krall y su When I look in your eyes. La amplia mesa de nogal aguardaba impoluta a sus dos invitados con una botella de Pingus 2006 en el centro. El reloj estaba a punto de marcar las nueve cuando el timbre quebró por un momento la quietud de la estancia. Claudia paró el horno, salió de la cocina y llegó al recibidor. Estaba muy nerviosa. Antes de abrir la puerta, se miró al espejo, se dio el enésimo visto bueno y respiró hondo. “Todo irá bien”.

Tras seis meses sin verse, allí estaba él. Álex Folquera no era demasiado alto pero lucía el cuerpo atlético propio de un deportista. De tez clara, era guapo, sus ojos marrones acariciaban la escala de verdes y sus cejas eran densas. A pesar de su juventud, las canas empezaban a salpicar su pelo cobrizo, lo que sin duda le otorgaba un matiz sobrio. De nariz pronunciada, labios dulces y con una ligera barba sempiterna, sumaba quizá algunos años a su fecha de nacimiento pero el longevo conjunto lo convertía en un chico atractivo. Bajo el sugerente porte se escondía un joven introvertido, discreto pero tremendamente generoso e inteligente. Nunca tuvo problemas para pasar curso tras curso, aunque su esfuerzo siempre transcurrió enfrentado a la facilidad con la que superaba las asignaturas. Siempre pasó desapercibido y, cuando acabó secundaria, tenía claro que quería dedicarse a la comunicación. Le encantaba escribir y se embarcó en la carrera de periodismo ilusionado con la posibilidad de canalizar su narrativa hacia la prensa.

Claudia miró a Álex fijamente durante unos segundos. Él hizo lo mismo. Ambos se examinaron mutuamente sin saber muy bien qué hacer ni qué decir. El denso silencio se podía cortar con un cuchillo hasta que Claudia acertó a romper el hielo. 

—Puedes pasar… y quitarte las zapatillas.

Las bambas de Álex estaban empapadas y también los bajos de sus ajustados vaqueros rotos. Llevaba toda la tarde lloviendo en Valencia así que el joven había cogido un taxi en la puerta de casa, con tan mala suerte que al bajar había metido los dos pies en un charco.

—Te lo agradezco. —Álex se sentía como un verdadero idiota. Había pensado en ese momento toda la tarde pero entre sus opciones no estaba la de quedarse embobado al ver a su ex novia. Claro que tampoco imaginaba que Claudia le recibiría con un sensual vestido de raso negro que ensalzaba su espléndida figura.

 Una vez dentro, Álex trató de tranquilizarse. Se descalzó, y al dejar los zapatos bajo el espejo vio en el estante una pequeña nota escrita con boli rojo: Pásalo bien, zorrón. Claudia se dio cuenta al instante y se apresuró a cogerla.

—¿Quieres una copa de vino? —le preguntó a Álex ruborizada. —Claro.

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CAPÍTULO 3

—Última llamada para los pasajeros del vuelo JK6349 con destino París. Por favor, diríjanse a la puerta de embarque.

Genaro Perotti caminaba despacio, pesado, arrastrando los pies. Su exagerada barriga trasladaba a sus piernas un lastre que a duras penas soportaban. Sus pulmones funcionaban con una fatiga constante y respiraba con ansia, como si el aire de la sala no fuera suficiente. Su equipaje se limitaba a un maletín de cuero marrón donde siempre llevaba un exceso de papeles desastrados, algunos hasta arrugados.

Perotti, genovés de nacimiento, había cursado sus estudios de arqueología en Roma. Cautivado por el esplendor cultural en los años de la Dolce Vita, supo moverse bien en los círculos más influyentes de la ciudad. Sus trabajos eran bien conocidos y pronto destacó en el estudio de la arquitectura egipcia, donde logró un gran reconocimiento.

Poco quedaba ya de aquel hombre ambicioso que recorrió el bajo Nilo buscando nuevos hallazgos. Su pasión se había diluido entre negocios de importación y compraventa de arte que, al parecer, le resultaban más lucrativos. Embaucado por un marchante de arte toscano, decidió cambiar la capital por Florencia. La empresa casi le lleva a la ruina pero tuvo la fortuna de contar con la ayuda de Luigi Di Matei, a quien había conocido en los setenta en la Academia de Bellas Artes de Roma. En la actualidad, este peculiar personaje dirigía el museo arqueológico de Florencia y había confiado a Perotti los trabajos sobre el Antiguo Egipto.

—Buenas tardes, caballero. ¿Me permite su tarjeta de embarque y su pasaporte?

—Perdón… un momento —balbuceó el arqueólogo mientras rebuscaba en su maletín. A Perotti ya no le gustaba volar. Las aventuras de sus años de plenitud habían dado paso a auténticos suplicios cada vez que debía tomar un vuelo. Siempre llegaba justo antes del cierre de puertas. Eso cuando no perdía el avión, algo que ya le había ocurrido en varias ocasiones.

—Aquí tiene, señorita —dijo mientras recuperaba el aliento.

Después de cotejar los datos, la azafata le devolvió los papeles sin poder evitar mirarlo con repulsión.

—Disfrute del vuelo —espetó con indiferencia.

Perotti iba a entrevistarse en París con Armand Moreau, un ex asesor del Eliseo que ahora se dedicaba a saquear pequeños yacimientos arqueológicos en el bajo Nilo. Eso sí, con el consentimiento del gobierno egipcio. Di Matei fue quien les puso en contacto, ya que mantenía una estrecha relación con Moreau desde que fue comisario de una exposición en el Museo del Louvre mientras el francés formaba parte del gabinete del Ministerio de Cultura. Perotti estaba interesado en unos sarcófagos de la época predinástica que la última expedición de Moreau había hallado en Saqqara.

El egiptólogo siempre viajaba en el asiento de pasillo. La próstata le estaba dando muchos quebraderos de cabeza y le obligaba a ir al baño con mucha frecuencia. Para él, lo peor de todo era cruzar la cabina para llegar al servicio, así que nada más apagarse el testigo del cinturón abrochado, se levantaba y enfilaba el pasillo antes de empezar a encontrar obstáculos.

Solucionada su urgencia fisiológica, cerró la puerta del aseo, sonriente, aliviado, y se dirigió tranquilamente hacia su asiento. De repente, cuando ya estaba a punto de sentarse, su gesto se torció. “¡Cazzo!”. Se dio la vuelta lo más rápido que su oronda figura le permitía y empujó involuntariamente a una joven que estaba hurgando en el portaequipajes.

—Mira por dónde vas —le recriminó.

Perotti ni le contestó y avanzó atolondradamente por el pasillo, de nuevo hacia el servicio. Cuando estaba llegando, vio que un hombre se disponía a abrir la puerta.

—¡Excusi! ¡No entre!

El pasajero, asustado, dio un pequeño salto hacia atrás mientras miraba estupefacto al egiptólogo. Las azafatas, que preparaban el carro de la comida, corrieron la cortinilla extrañadas por el griterío.

—Caballero, ¿qué le ocurre?

Perotti, jadeante, dio dos zancadas hasta alcanzar el umbral de la puerta del baño, asomó su pequeña cabeza y suspiró profundamente. Sin pasar, simplemente metió la mano y lo sacó.

—Olvidé mi maletín.

Después de cinco minutos dando todo tipo de explicaciones a la tripulación y demostrando que en su sucio maletín sólo había papeles y mugre para aburrir, Perotti ya estaba al fin en su asiento. Estuvo un rato pensando en el circo que había montado. Afortunadamente, ya estaba acostumbrado a no pasar desapercibido precisamente. Una vez, en una muestra sobre la momificación de los últimos faraones egipcios, estaba colocando una tumba sobre un pedestal cuando resbaló y cayó de pleno dentro del sarcófago, boca abajo, sobre la momia. Sus gritos de espanto se escuchaban desde el exterior. Fue necesaria la intervención del comisario y de tres operarios para rescatar el grueso corpachón de Perotti. Tardaron tres largos minutos en los que el arqueólogo no paraba de vociferar.

—¡Socorro! ¡Sacadme de aquí!.

Hacía mucho tiempo que había aparcado el sentido del ridículo junto con su pasión artística y su vivaz curiosidad. El personaje que hoy volaba en el asiento 42D en dirección a París era un ser descuidado, caótico, pintoresco, o más bien impresentable. Pero tenía un arma, un talento innato que le permitía sobrevivir a su triste decadencia. Era un negociador infalible, voraz, y eso es lo que le mantenía a flote.

Un perfecto bordado de pequeñas nubes grises cubría la suave mañana en la ciudad de la luz. Como cada día, la escalinata del Sagrado Corazón hervía bulliciosa, invadida por cientos de turistas que subían y bajaban en un trasiego incesante. Simpáticos pintores, pincel en mano, se afanaban en vender sus óleos con sempiternas estampas parisinas. Un habilidoso joven negro, encaramado a uno de los pedestales en la parte más elevada de la escalera, hacía malabares con un balón de fútbol, ataviado con la camiseta de Pogba. Y de fondo, la solemne basílica del Sagrado Corazón, el imponente santuario que domina la ciudad desde las alturas, pálido, vigilante.

La hilera de sillas y mesas del café Le Ronsard, en Place Saint-Pierre, parecía la primera fila de butacas de un teatro en cuyo escenario emerge siempre la joya del barrio de Montmartre. Literalmente pegadas unas a otras, las sillas cubrían completamente la fachada del bar, dejando libre únicamente la puerta acristalada. En la última de ellas por el extremo oeste, haciendo esquina con Rue de Steinkerque, un hombre de unos cincuenta años tomaba café mientras ojeaba Le Parisien. Llevaba una camisa rabiosamente blanca, americana gris y vaqueros oscuros. Sus pequeñas gafas parecían reñidas con sus ojos, pues éstos, azul cielo, leían el periódico por encima de ellas. Un sombrero panamá beige ocultaba su abundante pelo grisáceo. Era Armand Moreau.

Estaba leyendo una noticia sobre la ola de protestas en distintos suburbios de la capital cuando alguien se detuvo frente a él. Levantó la vista. La vasta silueta de un hombre tapaba al completo la bella panorámica.

—Buenos días, ¿el señor Moreau?

—¿Es usted Genaro Perotti? —preguntó confuso Moreau.

—Así es. Un placer —contestó estrechándole la mano.

Perotti cogió la silla contigua a la de su interlocutor, rompiendo la perfecta serie, y se sentó dando la espalda a la basílica, sin tan siquiera contemplarla un momento. En realidad, el arqueólogo conocía muy bien la ciudad. Los históricos vínculos entre Francia y Egipto le habían llevado a la capital gala en muchas ocasiones.

Moreau miró con atención a Perotti. Di Matei le había hecho una pequeña descripción del arqueólogo pero el individuo que tenía enfrente superaba con nota las pinceladas que conocía de él. Perotti tardó unos segundos en acomodar su gordo culo en el asiento de mimbre, como temiendo que la silla se descoyuntara por su sobrepeso, pero finalmente encontró la postura. Alzó su brazo cuando vio salir al camarero y pidió un par de croissants y un batido de chocolate. Por fin, como si entonces se hubiera dado cuenta de que compartía mesa, inició la conversación.

—Luigi me ha hablado muy bien de usted. Me ha dicho que sus descubrimientos están siendo muy interesantes.

Moreau levantó la palma de su mano excusándose y se encendió un cigarro.

—¿Usted fuma? —preguntó ofreciéndole uno a Perotti.

—No, no. Pero se lo agradezco —contestó.

El francés respondió a Perotti.

—No me puedo quejar. Las cosas están yendo bien por Saqqara. Ayer mismo mis expedicionarios encontraron dos vasos más que podrían datar del año 3.500 a.C. —explicó Moreau con simulada modestia.

—Es fabuloso. Desde el golpe de estado de Shanawy los yacimientos del bajo Nilo han aflorado como la espuma. Su beneplácito, o más bien, su complicidad, es clave, ¿verdad señor Moreau? —sugirió Perotti, aunque sabía perfectamente que era así.

—Veo que su desapego actual hacia la arqueología no le ha hecho perder la perspectiva de cómo funcionan las cosas. Yo conozco muy bien la política, señor Perotti. He asesorado a importantes dirigentes de este país y sé que su mediación es necesaria para alcanzar el éxito.

—Lamento no estar de acuerdo con usted, señor Moreau. En la primera parte, obviamente —apuntó el egiptólogo evitando contradecirlo—. Yo sigo disfrutando de la arqueología. Es cierto que manejo otro tipo de negocios  pero éstos, en cierto modo, están relacionados con la importación de obras de arte. En el fondo, ambos nos movemos por el mismo objetivo, ¿no cree?

—No exactamente, señor Perotti. —Moreau dirigió su mirada hacia la fachada del Sagrado Corazón mientras daba la última calada al cigarro—. Para mí los sarcófagos y las vasijas son el fin. Y creo que para usted sólo son elementos de transporte.