París
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París y los hilos… del destino

Esta es una historia sobrecogedora, inverosímil, de esas que ponen los pelos como escarpias. Es algo que me pasó hace ya bastantes años pero jamás podré olvidarlo. Es de esas cosas que hacen que te replantees qué o quién mueve los hilos del destino.

París. Marzo de 2007

Son las cuatro de la madrugada y me subo al coche, iniciando un largo viaje hacia la ciudad de la luz. A eso de las seis de la tarde, mis ojos contemplan la torre Eiffel por primera vez. A través de la ventanilla me embriaga su colosal estructura de hierro, un gigante de metal que enorgullece a los parisinos.

Podría contaros mil anécdotas sobre mi estancia en la capital gala, un viaje trazado con amor y mucho mimo. No me enrollaré, así que las resumiré todas en una sola.

Cuando desperté en el primer hotel donde me alojé (en todos fui sin reserva, a la aventura) tuve esa sensación tan habitual de no saber dónde estás ni qué hora es. Tras reordenar las ideas y entreabrir los ojos mientras abría la ventana, se dibujó en mi cara una sonrisa de oreja a oreja mientras pensaba: «Estoy en París».

Diré también que mientras abandonaba sus mágicas calles al volante, en mi mente sólo rondaba un pensamiento: estaba deseando volver a una de las ciudades más bellas y encantadoras que he visitado (con permiso de mi amada Barcelona y de Florencia, el escenario de Los hilos de la traición).

Valencia. Mayo de 2007

Dos meses después de tan memorable viaje, los recuerdos de mi primera visita a París cayeron en el olvido fotográfico. Sí, por descontado que esa fue la única pérdida, pues ese episodio jamás se borrará de mi mente. En un trasiego informático, perdí toda imagen mía bajo la torre Eiffel, en la escalinata del Sagrado Corazón, a los pies del Arco de Triunfo, con las palomas de Notredame en mi mano o a orillas del Sena.

Pasaron los años desde entonces y a menudo lamenté no poder abrir un álbum y retroceder en el tiempo hacia aquella aventura francesa que yo mismo diseñé y que también me llevó hasta el palacio de Versalles o la ciudad de Lyon.

El Puig. Mayo 2014

Suena el timbre en casa de mi hermana Sonia. Es la vecina del número 7 y lleva algo en la mano. No puedo más que aproximarme a lo que fue el diálogo entre ellas, más bien monólogo porque mi hermana no daba crédito a lo que oía.

«… iba paseando con mi hija y mis nietos por Puerto de Sagunto, por donde vive ella, y entonces el pequeño se acercó a un contenedor y empezó a ojear un libro. Mi hija Merche fue a llamarle la atención hasta reparar en que era un álbum de fotos. Entonces dijo: ¡mama, este es Dani! Me acerqué y así era. Sonia, era tu hermano. ¡Míralo!«

Mi hermana tenía en sus manos el álbum que yo había elaborado con todas las fotos de aquel viaje a París. Estaba como nuevo, ajeno al paso de los años, dispuesto a esperar todo este tiempo para volver a manos de quien lo había confeccionado con calma, con algunos comentarios, con esa nostalgia que se apodera de nosotros cuando emprendemos la vuelta a casa tras las vacaciones.

Cuando mi hermana me lo contó, sentí cómo cada poro de mi piel se abría, cómo los pelos se me erizaban. Era como si un espíritu me estuviera abrazando, cumplido el objetivo. Cuando cogí el álbum y lo vi con mis propios ojos se me cayó una lágrima. Pensé en el destino, pensé en Dios… Meses después, Merche murió.

La foto del estadio

En cuanto logré asimilar que aquel álbum había vuelto a mí, me fui corriendito a las últimas páginas. Y, efectivamente, allí estaba. Era aquella foto mía con el estadio de Saint Dennis al fondo. Cuántas veces me había visualizado mentalmente con una amplia sonrisa y un like expresado con mi mano.

Sí, llamadme tonto pero no sabéis lo que fue arrodillarme ante aquel guardia a grito de «S’il vous plait, S’il vous plait» para que me dejara entrar al escenario donde Belleti, un año antes, bajo la lluvia de París, marcó el gol que nos dio la segunda Copa de Europa. Y no me dejó.

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