Montaña rusa
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El proceso creativo, una auténtica montaña rusa

Si ahora mismo me preguntaras: oye, ¿y cómo ha sido eso de escribir una novela?, se producirían miles de pequeños cortocircuitos en mi cerebro y mi ojo empezaría a abrirse y cerrarse rollo Millán Salcedo con la empanadilla de Móstoles.

Soy de los que piensan que nada es imposible, pero no se me ocurre nada más difícil que condensar en unas palabras lo que ha supuesto mi proceso creativo. Que no, que no, que si lo hago convulsiona el otro ojo y ya mi cabeza explota directamente.

Muñecas desmembradas
A Jack y a mi nos gusta ir por partes

Como dijo Jack el destripador, un personaje inspirador (para mis tramas, animal), vamos por partes. O mejor, como no te quiero aburrir, te voy a ir contando anécdotas que he vivido durante la evolución de la criatura.

Empecemos por una que resume lo excéntrico que puede resultar estar inmerso en el desarrollo de una novela. Era ya tarde, como las doce de la noche, y estaba viendo la tele. Vamos, que no estaba dándole a la tecla. 

Normalmente no escribo después de cenar, no me inspiro. Yo siempre madrugo así que imagino que a esas horas mi mente está ya saturada y no da para más. Había, encima, otro motivo. Estaba… (redoble de tambores) bloqueado.

Laberinto
Soy yo cuando me bloqueo, pero con el pelo a lo Diane Keaton

Y aquí está, pronto ha aparecido la palabra mágica. El bloqueo. Estás que te sales, la trama fluye y ves la luz al final del túnel. Los acontecimientos avanzan ordenadamente hacia el desenlace pero… ¡Zasca!

Joder, esto no encaja. Sudor frío, la inseguridad (ay la inseguridad, como diría mi tocayo Dani Martín). Llega el miedo y, cogido de su manita, el bloqueo. Perdona, me he ido por las ramas.

Situación. Doce de la noche y, extrañamente, no tengo sueño. A pesar de todo, me voy a la cama y en mi cabeza ronda todo el rato lo mismo: cómo narices salgo de esta. Al menos media hora dando vueltas en la cama, rozando ya el sueño, cuando de repente… Eureka!

Gato viejo
He envejecido diez años pero ¡lo tengo!

Se me acababa de ocurrir un plan perfecto, un entorno que encajaba, un vínculo coherente entre personajes. Sabes lo que hice, ¿no? Bingo. Salí de la cama, bajé a mi despacho y anoté la brillante idea en mi cuaderno de notas. No se me fuera a olvidar…

Pero espera porque a la anécdota le falta el matiz más divertido. Mi solución para avanzar y salir del nudo tenía un punto sexual. Pues sí, efectivamente. Allí estaba yo, a la una de la madrugada, con la tienda de campaña en mi despacho y escribiendo medio dormido un resumen de lo que acababa de elucubrar. Un show…

La reconexión mental

Si te digo el tiempo que ha pasado desde que escribí la primera página hasta que puse el punto final, seguro que me dirías algo así como, ¿y tanto tiempo para escribirla? Pero claro, hay un matiz. Durante nueve largos años, lo que hoy es mi primera novela era un simple relato con pocas aspiraciones.

Hay muchos factores, aunque si sustituyes factores por excusas, la sentencia es la misma: la maldita procrastinación. La paternidad, un trabajo como responsable, el inicio de una segunda carrera (online, claro). Obviamente todos ellos reducen el tiempo para escribir, pero, definitivamente, son excusas que alimentan el bloqueo. Sí, otra vez él.

El verano pasado acabó abruptamente mi desempeño profesional. Digo abruptamente porque para nada me lo esperaba. Me despidieron, vamos. En ese instante, tu vida se tambalea y se llena de incertidumbre. A mí me duro dos días. Al tercero, cogí el portátil, le enchufé el disco duro y cliqué en ese word lleno de polvo: Cuando Álex recibió la llamada.

Retomando la novela

Ahí estaba, intacto, tal y como lo dejé muchos años antes. Lo releí (en diez minutos, claro) y empecé a escribir. Mi mente me lanzaba escenarios, diálogos, descripciones, con una claridad abrumadora. Esa fue mi reconexión mental. Mi reconciliación con la inspiración.

Hoy se suelen decir manidas frases del palo quería cambiar, salir de mi zona de confort… A mí el confort me pego una patada, directamente. Pero el golpe me situó de nuevo ante la pantalla y desde ese momento di lo mejor de mí hasta que puse el broche a mi primera novela, Los hilos de la traición.

Vale, me he puesto un poco metafísico y me he vuelto a desviar del asunto. Espera que bajo a la Tierra. Ya estoy, pero no he aterrizado en mi casa. No es ese el lugar donde he escrito más capítulos, te lo aseguro. Los momentos de mayor producción en mi proceso creativo han sido con el aroma del café. Y de una cafetería en concreto.

Café y novela
La pareja perfecta

Aquí me voy a permitir el lujo de hablar de sus empleadas y empleado, que me han acompañado en buena parte de la novela. Quiero agradecerles su simpatía, su amabilidad, un buen rollo que me ha llevado sin duda a sacar lo mejor de mí. Hablo de Rodilla, en el centro comercial Aqua.

Mis últimos capítulos y, por ende, el final del libro, los he escrito allí. Ellas y él pensarían, joder, todos los días aquí el tío este. Pero, sin darse cuenta, han contribuido indirectamente a crear la atmósfera perfecta, mi otro despacho, poniéndome siempre con una sonrisa ese café inspirador.

Mi montaña rusa sigue, ahora inmerso en maquetación y diseño de cubiertas. Y en la promoción, claro. Es una tarea que requiere tiempo y mucho mimo pero la situación me lo permite. Y hay una enorme diferencia: Los hilos de la traición, pase lo que pase, es ya la primera novela de Daniel Casado Lara.

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