Marc R. Soto
Vis a vis

Tomando birras con Marc R. Soto

Si producir terror significa generar verdadera angustia, sobrecoger con una secuencia abrumadora, hacer que te revuelvas en el sofá, o quizá todo ello a la vez, el cántabro Marc R. Soto es un productor de historias terroríficas. Innovador incansable, dominador de la técnica y profuso en la temática, mi invitado de hoy apunta a escribir su nombre con la sangre que baña a los grandes autores del género.

Bienvenido a Vis a vis, Marc. Después de leer Bella y tierna historia de amor, además de aprender un uso más para la Thermomix, me reafirmo en que la sensación de miedo es inherente al ser humano. Realmente lo necesitamos.

Fíjate si lo necesitamos que después de haber conseguido erradicar la mayoría de los miedos en la sociedad moderna, lo buscamos de forma artificial: saltando al vacío con una cuerda amarrada a los pies, viendo películas o leyendo novelas de terror, viendo el telediario de Antena 3… 

En cuanto al relato en sí, es uno de mis favoritos y probablemente de los más divertidos que he escrito. Recuerdo que cuando lo escribí me puse en bucle la maravillosa “Sing, sing, sing (with a swing)” de Benny Goodman en los cascos  y la historia salió del tirón en una sentada. Quería escribir algo que pareciera, hasta cierto punto, de Woody Allen, con un punto desquiciado y absurdo, pero también macabro.

Supongo que todo el relato gira alrededor de la idea de que nunca sabemos absolutamente todo acerca de la persona con la que compartimos la cama. Quizá si lo supiéramos, saldríamos corriendo. Pero quizá también si lo supiéramos, nos seguiríamos quedando igualmente. Desde luego es algo que da que pensar, ¿no te parece?

Sin duda, Marc. De hecho pensé exactamente en ello cuando terminé el relato. Y en Eduardo Ledantes. Él canaliza diferentes universos o, más bien, los estrambóticos acontecimientos que deparan esos universos. Para él son simples divergencias. Desde luego, la naturalidad de tu relato nos invita a pensar en lo fácil que es desviarse de la línea correcta.

Esto es algo de lo que he hablado con gente de bastantes ámbitos y que al final daba igual si eran otros escritores, lectores o gente con alergia a los libros. En ocasiones vas al volante, solo en el coche, y es de noche. Tienes apagada la radio y solo oyes el rumor del motor y el zumbido de los neumáticos en el asfalto. Y de pronto una voz en la cabeza te susurra: ¿y si giras el volante a la izquierda y te estrellas contra ese pilar? No se trata de un impulso suicida ni nada parecido, tienes claro que nunca lo harías.

Pero durante un rato, tu cabeza juguetea con la idea. Imaginas el pilar de hormigón del paso elevado de la autopista, cada vez más grande en el parabrisas hasta ocuparlo todo; o incluso tu funeral, como si lo estuvieras observando a escondidas tal y como lo hacía Tom Sawyer cuando todos le dieron por muerto. Es un pensamiento enfermizo y sin embargo, por alguna razón, no puedes dejar de pensar en ello. Es algo que me recuerda al espíritu de la “perversidad” del que hablaba Poe en El gato negro.

Para Eduardo Ledantes, al ser un personaje de ficción, es más fácil “caer” en esos pensamientos, o incluso sumergirse en ellos. Para él son universos paralelos que durante un momento se superponen con el suyo. Al final del relato veremos que esto no es realmente así; que Eduardo, como muchos hacemos en el día a día, está engañándose a sí mismo para evitar enfrentarse a la realidad o, al menos, a “cierta” realidad.

Derrochas maestría en el manejo de situaciones de tensión. Pienso en el cuarto de baño de Rogelio, un minúsculo escenario que llenas con orden, sin perder la sensatez.

Chico, ahí ya me pillas… Lo único que hago es contar lo que ocurre. Quiero decir que cuando narro una escena o escribo un diálogo, me limito a contar lo que está sucediendo. Sí que es cierto que lo que veo que está pasando me altera y eso lógicamente afecta a mi forma de narrarlo. Soy de los que se tapan los ojos en el cine en una escena de terror, o se pone cardíaco en una persecución, o sonríe con una lagrimita en la escena de redención de una comedia romántica. Cuando vemos un thriller mi mujer no deja de decirme: “¿Pero no puedes estarte quieto?”

Cuando estoy escribiendo me ocurre igual. Si una escena me cabrea, se me nota; si me emociona, también. Si te cuelas en mi “cueva” (escribo con la persiana bajada y la luz muy baja), puedes encontrarme partiéndome de risa, o escandalizado por lo que un personaje le acaba de decir a otro, o con los nervios a flor de piel porque la situación es tan tensa que como me toques en el hombro para decirme (yo qué sé) que es la hora de comer o algo así, pegaré un grito capaz de despertar de los muertos y tendrás que despegarme del techo con una espátula. Créeme, ha pasado. Y creo que todo eso acaba llegando al papel de algún modo y, por tanto, al lector: es una cuestión de ritmos.

La cueva
La «cueva» de Marc

En ese control de la situación me llama la atención el excelente trabajo que hay detrás de tus personajes. La templanza del doctor Jiménez en Largas noches de lluvia contrasta con la desesperación del atracador en Ratas. Me atrevería a decir que haces un perfil psicológico en muchos casos…

En el caso de los relatos, no suelo darle demasiada importancia a priori a la psicología de los personajes: la historia manda. Lo que ocurre es que durante la historia los personajes hacen cosas, o dicen cosas y en cierto modo llego a conocerlos, pero como una labor detectivesca… Como creo que me estoy explicando fatal, te cuento los dos casos que mencionas.

Sobre el protagonista de Ratas: Cuando lo escribí, acababa de leer la noticia de un mendigo al que habían quemado vivo dentro de un cajero de La Caixa. La noticia me indignó tanto, me cabreó tanto, que quise vengarme del malnacido que había tenido la infeliz idea de cometer aquella atrocidad. Lo único que quería era hacérselo pasar mal, que sufriera. No tenía nada claro quién sería el protagonista. Simplemente me lo imaginé joven, quizá un pandillero con pocas luces. Habría intentado matar a un mendigo, pero el mendigo había contraatacado y al comienzo del relato estaría desangrándose y huyendo por la ciudad. En este caso, el personaje en sí no tiene demasiados precedentes, porque tampoco los necesitaba.

Ahora, sobre el doctor Jiménez: aquí la cosa cambia. Y es que todo Largas noches de lluvia es como la punta de un iceberg. Yo por ejemplo sé por qué fueron las mujeres las que encontraron a la niña; sé cómo llegó el doctor al pueblo (porque él tampoco es del pueblo, aunque no se mencione); sé que no es un doctor, realmente (nunca estudió medicina); sé que él ve lo que él llama “las hermanitas”, y que ni siquiera aparecen en Largas noches de lluvia, pero que en el único sitio en el que no las ve es el cementerio y por eso allí “se respira tanta paz”. Sé, por supuesto, que le gusta la poesía, pero también por qué. La cuestión es que no sabía nada de eso cuando escribí Largas noches de lluvia, pero fue cobrando sentido al ver lo que él decía y, sobre todo, lo que él callaba.

En la fase de escritura, las historias crecen a lo largo, pero en las fases de corrección (eso lo sabrás de sobra, que también eres escritor) crecen hacia adentro. Por eso eso me encantan esas fases de corrección. Mientras escribías te limitabas a contar lo que pasaba ante tus ojos sin darle demasiado sentido. Pero cuando te sientas a corregir es cuando empiezas a preguntarte: “¿Por qué fulanito ha dicho esto? ¿Por qué menganito no hace nada en este momento? ¿En qué estaba pensando zutanito mientras fulanito hacía esto otro?” Y la historia crece hacia adentro y en más de una ocasión te levantas de la silla, dejas caer el bolígrafo rojo sobre la mesa y sueltas un “¡hostia puta!” porque acabas de descubrir algo muy muy muy gordo del personaje o incluso de la historia.

A veces lo añades, a veces (las más) lo potencias sin revelarlo, porque entonces es como si la historia reverberara con una melodía que no logras escuchar pero que, maldita sea, al leerlo puedes notar que está ahí. Y si todo eso es lo bastante potente, te das cuenta de que igual te da para otra historia. Lo que me recuerda que tengo 30.000 palabras escritas de la precuela de Largas noches de lluvia guardando polvo en un cajón…

Deduzco entonces que ese modelado de los personajes es la adaptación de estos a la terrorífica historia. En otras palabras, Marc R. Soto visualiza la terrible escena y después viste a los personajes para darle sentido, ¿no?

Exacto. Primero cuento lo que pasa y por lo general con eso los personajes se explican a sí mismos. 

Otro elemento con el que juegas es la persona y los tiempos verbales. He notado que te gusta cambiar la perspectiva de la narración. ¿Cómo decides la manera de contar cada historia?

Si te soy sincero… al azar. Suelo comenzar cada historia media docena de veces. En primera persona, en tercera, en presente, en pasado… Empezando con un diálogo, o directamente con la acción… Al principio es desesperante porque nada funciona. Hasta que de pronto algo hace click y sabes que ya has dado con la voz de la historia. ¿Por qué lo sabes? Ni idea. Si lo supiera me ahorraría muchas, pero muchas, hojas tiradas a la basura.

Libros de Marc R. Soto

En el cuento ‘Pleamar de trigo’ nos llevas a un escenario típicamente castellano y lo describes con destreza. Realmente nos trasladas a ese trigal. ¿Cuál crees que es la clave para transmitir esas sensaciones?

Estar ahí. En serio. No hay más. A veces es fácil, otras es más complicado, pero le vas cogiendo el truco con la práctica. Te sientas, apoyas la espalda en el respaldo de la silla. Si usas cascos (como yo), puedes poner música que intuyas que te va ayudar: si la escena es un hospital, sonidos de hospital; si es una playa, sonido de playa… Hay de todo en spotify, créeme. Si no, buscas “white noise” o “pink noise”, que es un sonido de fondo, como el ruido de un televisor mal sintonizado.

Cierras los ojos. Respiras despacio y vas dejando que la escena se dibuje en tu cabeza. Las colinas marrones al fondo, los campos de trigo. Hay una valla blanca. Estás apoyado en ella. Sopla una ligera brisa. Es una brisa seca. Te revuelve el pelo en la cabeza y te reseca los labios. Hay polvo en el aire. Lo notas en la garganta. La valla. La valla es blanca… lo era en el pasado, ahora hay varios desconchones y si rascas con la uña puedes levantar grandes porciones de pintura, como pieles muertas…

Oye, eso de la uña y arrancar la pintura me ha gustado (te dices), quiero ver más, y ves cómo los copos de pintura que acabas de arrancar caen al suelo, y cómo contrasta el blanco de esos copos con el ocre del suelo arcilloso… hasta que mueves el pie (y ves el calzado, son castellanos porque resulta -no te habías dado cuenta- que vistes de traje, ¿por qué? No lo sabes aún, ya llegará… El caso es que los castellanos tienen manchas de tierra en la punta… y… ¿sangre? ¿De dónde demonios has salido, con traje y sangre en los zapatos? Humm… Mueves el pie para enterrar los copos de pintura blanca y ese movimiento te hace pensar en el que hiciste hace dos horas, cuando moviste del mismo modo exactamente el pie para voltear el cadáver de… ¿de quién…?

Cuando estás listo, abres los ojos y lo cuentas. Y empiezas por lo más obvio. Y luego sigues por esos detalles que hasta a ti te sorprendieron al verlos en la cabeza, porque de algún modo añadían textura, o enfoque. Quizá viste algún animal. O algún esqueleto de animal no lejos de donde estabas (el de un perro muerto mucho tiempo atrás, por ejemplo). Son cosas que puedes ver en el campo. Y lo cuentas. Sin alardes ni zarandajas.

Para concluir el repaso de tu trayectoria creativa, me detengo en Todo muere. Y me reafirma en la convicción de que el miedo nos mueve. ¿En tu caso, es además la adrenalina creativa?

Durante mucho tiempo, sí, lo fue. Lo que no deja de ser curioso, porque aparte de Stephen King, no me gusta leer terror. Pero en todo lo que escribía, efectivamente, aparecía el miedo. No el miedo a los monstruos o a los asesinos en serie, sino miedos más comunes. Supongo que en realidad eran temas que me obsesionaban y no me dejaban dormir por las noches, relacionados con la paternidad, con el trabajo, con la salud, con el amor…

Las preguntas serían esa adrenalina creativa que mencionas: ¿qué nos separa a ti y a mí de quien un día se le cruzan los cables y mata a su hijo recién nacido? ¿No podría el anciano del tercero haber sido un asesino en serie cincuenta años antes? En el cómic La broma asesina de Alan Moore, el Joker dice: «Basta con un mal día para que el hombre más cuerdo del mundo enloquezca. A esa distancia está el mundo de mí. A un mal día”. Muchos de mis relatos son ese mal día.

La parte del erizo en ‘La sonrisa del reloj’ es, sencillamente, soberbia. Transmites esa angustia capaz de hacerte sentir incómodo, de notar un sudor frío. Ese hiperrealismo, Marc, sólo puede venir de tus propias vivencias… ¿O no?

Por supuesto. Cuando lo escribí, estaba allí, era el chiquillo con la lupa. No, en realidad peor: era el adulto de cuarenta años que le narra esa escena a su psicólogo muerto de miedo no porque le ocurrió al erizo, sino por algo mucho peor: por lo que teme que pueda hacerle a sus hijos. Y no me sentí nada bien mientras lo escribía, pero era lo que tocaba. Por cierto, recuerdo que una amiga me ayudó con un aspecto clave del relato. Le pregunté si los erizos chillan.

Chillan.

Dejando un poco de lado el análisis, vamos a por el Marc terrenal, el que se echa unas cervezas disfrutando de Madrid… Y de Santander. ¿Dónde te encerró el maldito virus?

En mi casa, en Madrid. ¡Y menos mal! Porque tengo la infinita suerte de tener un pequeño patio, así que he podido salir de cuando en cuando a que me diera el aire o incluso tomar unas cañas virtuales por videoconferencia desde allí con otros amigos con menos suerte.

Durante estos meses me he acordado muchísimo de mi primera casa en Madrid. Vine a vivir aquí en 2006 y por entonces vivía en el bajo interior de una corrala, que tenía en total 22 metros cuadrados. La luz solo entraba en aquel mini estudio durante unos minutos al día y tenía el deshumidificador encendido las veinticuatro horas del día. Pensar en la pobre gente que haya estado ahí encerrada durante toda la cuarentena me da escalofríos. Eso sí que es una historia de terror…

Sin embargo, veo que el estado de alarma lo pasas con una tal Miranda. ¿No será esa una mala influencia?

Huy, Miranda Grey… Ésa es una historia muy antigua. Verás, yo siempre me he considerado escritor de brújula… y nunca he escrito nada demasiado largo. En su día me pregunté si lo uno no estaría relacionado con lo otro, así que empecé a leer libros de escritura de guión con la idea de aprender a hacer un mapa. Bien, como ejercicio durante ese aprendizaje, cogí una novela breve y bastante tonta que escribí con 14 años y lo convertí en una especie de guión, escena a escena. Cambié el enfoque, la protagonista de entonces pasó a ser la antagonista de ahora y me inventé a Miranda Grey como nueva protagonista. Y cuando hube terminado el mapa, lo metí en un cajón y me olvidé de él.

Pero durante estos años Miranda ha seguido llamándome desde ese cajón. Quería contar su historia. Y por fin el año pasado me puse con ella. Por temas de trabajo tenía que viajar mucho en tren, al menos un viaje a la semana en AVE a Barcelona. Así que escribía en el AVE. Y ahora, en el confinamiento forzoso he tenido tiempo más que de sobra para seguir con ello. Y en ello estoy.

¿Es Miranda una Mala Influencia? No, para nada. Tiene un cacao monumental en la cabeza y muchos asuntos pendientes que solucionar, pero creo que saldrá airosa de lo que se proponga.

Ya podemos ir olvidándonos de leernos tu próxima novela de una sentada. Bueno, eso siendo Marc R. Soto no me atrevo a asegurarlo. Lo digo por la extensión. Te has venido arriba, ¿no?

¡El mapa! ¡La culpa es del mapa! Cuando me puse a crear el guión de la novela, años atrás, me di cuenta de lo divertido que era crear así una historia, tan desde lo alto. Lo fácil que era reordenar escenas, o añadir escenas nuevas, o incluso personajes nuevos… Terminé el guión con un total de 46 escenas (aunque ahora creo que rondan las 50).

Claro, te pones a escribir y aunque el estilo de Malas Influencias sea terriblemente ágil, que lo es, la extensión final es brutal. Sinceramente, me asusta un poco y me da un poco de vértigo. Nunca he escrito nada tan largo, y para poder hacerlo he desarrollado todo tipo de trucos para no procrastinar. A ver sin un día los recopilo todos y los publico en mi web, porque creo que podrían ser de gran ayuda para alguien que, como yo ahora, se enfrenta a su primera novela LARGA.

¡Pero antes tendré que acabarla yo, claro! Pero sí, confieso que siempre he tenido el deseo de escribir un tochazo, el típico libro de 400 o 500 páginas capaz de reducir a un ladrón si se lo arrojaras a la cabeza. Esta vez voy por buen camino, pero ya veremos.

Por cierto, si funciona, se trataría solo del primer libro de Miranda Grey. Los mapas del segundo y del tercero están ya medio esbozados….

Ellery Queen

Quiero imaginarme este momento: la prestigiosa revista Ellery Queen Mystery Magazine se pone en contacto contigo porque ha alucinado con una de tus historias de terror. Tus relatos cruzan el charco. ¿No es acojonante?

Bueno, ahí en realidad lo que pasó es que le eché mucho morro, porque fui yo quien se puso en contacto con ellos. Acababa de ganar el premio Jóvenes Talentos Booket, así que tenía dinero en el bolsillo y en vez de gastármelo en un viaje, decidí gastármelo en pagar a un traductor profesional para que tradujera Bella y tierna historia de amor. Cuando lo hizo (se tituló No bones about it) lo mandé a la EQMM siguiendo las guidelines publicadas en su web para enviar manuscritos y de primeras lo rechazaron.

Sin embargo, varios meses después, Janet Hutchings, por entonces editora de la revista, me escribió un correo en el que afirmaba que llevaba meses dándole vueltas a la historia, y que eso quería decir que merecía ser publicada. Así que lo publicaron. Me enviaron un cheque que, si no recuerdo mal, era de 500 dólares y me dijeron que contaban con traductores y que siguiera enviándoles relatos en español, que si les gustaban los traducirían.

Envié El hombre divergente, que fue mi segundo relato publicado en la EQMM. Después envié Gatomaquia, que rechazaron por violencia contra los animales (quiero pensar que no entendieron el relato, porque si sí lo entendieron y esa fue su razón para el rechazo…. escalofríos), y más tarde les envié Largas noches de lluvia, que también lo rechazaron por incluir la violación de una menor, a pesar de que dicha violación se mencione pero nunca se muestre en el texto.

La verdad es que es increíble pensar eso, que mis relatos han estado en revistas impresas en todo Estados Unidos. ¡Quién sabe quién puede haberlos leído! Quizá incluso el propio Stephen King…

Pero lo cierto es que hoy en día, al publicar en digital eso ya no es tan importante. Tengo lectores en México, en Japón, en casi todos los países de Europa y sí, también en Estado Unidos. Es curioso cuando ves las estadísticas en Amazon de la gente que ha comprado tus libros. Es… mágico.

Y como no es suficiente, te marcas un Podcast: Divergencia Cero. La verdad es que la intensidad de tus penetrantes argumentos bien cabe en 2 o 3 minutos…

Es que lo mío con los audiolibros viene de antiguo. Antes conducía mucho más y siempre me llevaba audiolibros para el coche. No había mucho, así que en ocasiones extraía el audio de películas con mucho diálogo (como las de Woody Allen o la versión de El perro del hortelano de Pilar Miró), o de obras de teatro de Estudio 2, y me las ponía en el coche. Si no, algún audiolibro en inglés de libros que ya hubiera leído. No me preguntes de dónde sacaba todo eso.

Un buen día probé a grabarme leyendo en alto un diálogo para ver si funcionaba, y descubrí que la oralidad es increíblemente importante a la hora de escribir, y que leer un texto en voz alta permitía desarrollar una especie de “voz” literaria, a la vez que servía como detector de errores de ritmo. Empecé a leer en alto fragmentos de mis autores favoritos. Y de pronto me encontré junto con Santiago Eximeno y David Jasso creando el Divergencia Cero original, que si no fue el primer podcast de relatos de terror en España, poco lo faltaría. Esto fue en 2006, aproximadamente.

Con el tiempo los tres nos cansamos y abandonamos el proyecto. Pero yo he seguido grabando cosas o estudiando técnicas de voz, siempre de un modo amateur: curvas de entonación, edición de sonido… ese tipo de cosas. Y hace unos meses me lié la manta a la cabeza y tras pedirles permiso a David y Santi, reabrí Divergencia Cero donde, básicamente, hago lo que me da la gana: leo relatos míos, o de Edgar Allan Poe, o Roald Dahl, o autores que de pronto descubro y me llaman la atención. La verdad es que es un hobby que me encanta.

Pues el tiempo se ha consumido, compañero. Me ha encantado compartirlo contigo (lástima de cervecita) porque creo sinceramente que hoy he entrevistado a un auténtico virtuoso del terror. Prometes, vaya que sí, así que sigue encogiéndonos el corazón sin remordimientos. Gracias, escritor.

Je, pues por si no te has dado cuenta, me encanta charlar de literatura, de técnicas de escritura… vamos, de todo. Así que si te parece nos apuntamos lo de la cerveza y la próxima la hacemos en youtube. Además, me consta que tú en breve tendrás “bebé” nuevo que presentar al mundo, así que seré yo quien te entreviste a ti, jeje…

Lo dicho, ha sido un placer. Muchísimas gracias por entrevistarme. Y a ti, que estás leyendo todo esto en la pantalla de tu ordenador, tablet o teléfono móvil, mi más sincera admiración. ¡Has llegado al final de este texto! Si te has quedado con ganas de más, adelante, mi twitter es tu twitter. Pregúntame lo que quieras en @marcrsoto

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